martes, 2 de septiembre de 2014

Minicuento


Caminaban por la calle como dos perfectos desconocidos. Uno al lado del otro, cogidos de las manos.

Sus miradas continuamente se desviaban hacia un lado u otro.

Si miraban hacia el parque, había una feliz pareja de enamorados, abrazados, ignorando el mundo que les rodeaba, concentrados en sí mismos. Si miraban un poquito a su derecha, una pareja de ancianos, cuidando de su nieta, se miraban a los ojos como si se acabaran de descubrir el uno al otro. Delante de ellos, metiendo a un par de niños revoltosos en un coche, estaba una pareja que miraba a su hijos como el más preciado tesoro que pudiera existir, que ellos pudieran haber creado.

Según cruzaban la calle, témpanos de hielo caían entre ello, dañando sus manos unidas, llevando un frío helador hacia sus tristes corazones. Corazones que añoraban y envidiaban aquello que veían en otros y que en sí mismos no podían encontrar.

Corazones que sangraban, presas del pánico, al ver cómo, de entre sus temblorosos dedos, escapaba aquel pajarillo que tanto les costó atrapar y al que tan fácil le resultó partir.

"¿Qué nos pasó?", se preguntaron silenciosamente cuando sus miradas se cruzaron. "¿Por qué perdimos aquel amor?".

Ambos se reprochaban aquella terrible pérdida, ambos se herían hasta llorar y gritar. No conseguían que aquel amor volviera... Y se tampoco conseguían separar.

Con cada paso, avanzando por aquella calle, se perdían el uno al otro un poquito más. Sus caminos se separaban para jamás volverse a juntar, por mucho que ellos se empeñaran en entrecruzarlos, sólo convertían la rutina en algo doloroso, en un mal con el que convivir, en algo más de sus tediosas vidas...

Cuando fueron a cruzar una calle, ella avanzó, soltando su mano. Él, sorprendido, no la siguió.

Cuando se miraron, uno en un lado de la acera y otro en la otra, descubrieron que no podrían seguir así, que se tendrían que dejar ir. Que, por mucho que quisieran encerrar a aquel pajarillo en una jaula con barrotes de oro, no dejaba de ser una jaula opresora que poco a poco lo mataba...

Debían dejarlo en libertad. Libre para volar, para encontrar su camino y su sitio en aquel extraño lugar.

Como dos desconocidos, se volvieron a mirar por última vez, con todo aquel dolor del amor perdido en sus llorosos ojos...

Y se dijeron adiós.

Sin mirar atrás, ambos continuaron su propio camino hacia su añorada libertad.




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