martes, 21 de julio de 2015

Bienvenida de nuevo a casa.

Frío. Hace mucho frío. 

¿Dónde estoy? 

Mi último recuerdo fue quedarme dormida en mi cama y... Y, de repente, no sé cómo, estar aquí.

Pero... ¿Dónde es aquí? 


Estoy sentada en un suelo duro, frío, sucio y con grietas. Mi pijama ya no está y en su lugar llevo un viejo traje manchado y rasgado.
Intento levantarme apoyándome en una pared cercana, pero mis piernas no me sostienen.

 
Estoy intentando sentarme de nuevo cuando, a lo lejos, se oyen unos pasos débiles, sin apenas fuerza. 

De repente un brusco golpe me asusta y hace que mi corazón lata mucho más deprisa.

Poco después, me doy cuenta de que los pasos se han convertido en un desagradable sonido, como si algo pesado fuera arrastrado en contra de su voluntad.

La fuente de dicho sonido se va acercando y mis ojos, antes cerrados por el miedo y en la más completa oscuridad, se abren para contemplar la macabra escena.

Es una muñeca, del tamaño de una persona. Está siendo arrastrada por un encapuchado que se esconde tras las sombras, cuyo ritmo va haciéndose más lento a cada paso que da.

Bruscamente la muñeca abre los ojos y centra su mirada penetrante en mí. 

Lo que veo me desgarra: dolor, pesadumbre, miedo, incredulidad, incertidumbre, temor...

Es una muñeca rota a la que llevan al cementerio de juguetes rotos. Ha dejado de ser útil, ya no tiene nada por lo que vivir. Sabe cuál es su destino y lo sufre. 

Su lúgubre mirada, un grito de ayuda. Me pide que vaya a salvarla, que la rescate y la saque de ese pésimo futuro en un lugar del que jamás saldrá.

Yo quiero ayudarla, me gustaría poder quitar el dolor de esos ojos, la angustia que hay en su corazón. 

Dentro de mí siento el vacío que hay dentro de la muñeca rota, siento su soledad y su pena, su amargura y su angustia; veo sus demonios, que arañan sus entrañas en busca de todos aquellos recuerdos y sentimientos que la muñeca rota atesoraba y que poco a poco va perdiendo. Unos demonios que la llenan de miedos y temores, que la destruyen desde dentro.

Cierro los ojos, cojo aire y vuelvo a mirar a la muñeca.

Miro hacia arriba, a la maligna sonrisa que ahora hay en sus ojos, las lágrimas no derramadas que esconden. Pero lo que más llama la atención es su mueca de superioridad.

Y, de repente, me doy cuenta. Yo soy esa muñeca rota. Yo soy quien está en el suelo, acabada, derrotada, siendo arrastrada al lugar oscuro y tenebroso del que jamás podré salir.

Es mi mirada ahora la que suplica ayuda a la muñeca, perfectamente arreglada y cuidada.

Sus ojos me miran sin piedad; su boca, una mueca siniestra.

-Ambas estamos en el mismo barco. Yo soy quien tú quieres que sea, ves lo que quieres ver. No hay escapatoria, jamás la hubo. Bienvenida de nuevo a casa.

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